La biblioteca de Nag Hammadi son trece códices de papiro escritos en copto que aparecieron en el Alto Egipto en diciembre de 1945. Reúnen 51 textos copiados, que corresponden a 45 obras distintas, 36 de ellas desconocidas hasta entonces. Entre ellas está el Evangelio de Tomás. Se conservan en el Museo Copto de El Cairo.
Es uno de los hallazgos de manuscritos más importantes del siglo XX y, al mismo tiempo, uno de los peor documentados. La Coptic Encyclopedia lo dice sin rodeo: los detalles del descubrimiento siguen sin verificarse pese a la investigación arqueológica posterior. En esta ficha separo las dos cosas: lo que se puede examinar (los libros) y lo que solo se cuenta (la escena del hallazgo).
Datos principales
| Nombre/s | Biblioteca de Nag Hammadi, códices de Nag Hammadi, «biblioteca de Quenoboskion» |
| Qué es | 13 códices de papiro con tapas de cuero |
| Contenido | 51 textos copiados = 45 obras distintas, 36 de ellas desconocidas antes de 1945 |
| Idioma | Copto (mayoría en dialecto sahídico; licopolitano en los códices I, X y los dos primeros textos del XI), traducido del griego |
| Datación de los libros | Segunda mitad del siglo IV. Un documento fechado reutilizado en la tapa del códice VII sitúa su fabricación después del año 348 |
| Fecha del hallazgo | Diciembre de 1945 |
| Lugar del hallazgo | Yábal al-Tarif, junto a la aldea de Hamra Dum, en el borde oriental del valle del Nilo, cerca de la ciudad de Nag Hammadi |
| Dónde se conservan | El grueso, en el Museo Copto de El Cairo (nº 4851, 10544-55, 10589, 10590, 11597 y 11640). La tapa de cuero y la cartonera del códice I, en el Institute for Antiquity and Christianity (Claremont, California). Parte de una hoja del códice III, en la Beinecke Library de Yale (Yale 1784) |
| Otros datos | 713 fragmentos inscritos siguen sin poder colocarse en su sitio |
Qué apareció exactamente
Lo que sobrevivió no son trece libros completos. Son once códices con sus tapas de cuero (I al XI), ocho hojas y dos fragmentos grandes de un duodécimo, cuyo cuerpo y cubierta se perdieron después del hallazgo, y ocho hojas de un decimotercero que ya en la antigüedad alguien arrancó y guardó dentro de la tapa delantera del códice VI.
La colección original tuvo como mínimo 1.240 páginas escritas. De ellas, 1.156 conservan hoy al menos un fragmento. La pérdida gorda está concentrada en un solo códice, el XII, al que le faltan por lo menos 51 páginas.
Los textos se copiaron entre ocho y catorce manos distintas. Cada códice se hizo con un solo cuaderno, salvo el I, que tiene tres. Las tapas se forraron por dentro con papiro de desecho encolado, una especie de cartón que los papirólogos llaman cartonera: al despegarlo aparecieron documentos en copto y en griego, algunos con fecha y varios con topónimos de la comarca de Nag Hammadi. De ahí sale la datación y la conclusión de que los libros se fabricaron cerca de donde se encontraron. Están entre los libros en forma de códice mejor conservados que nos han llegado de la antigüedad.
La historia del hallazgo: lo documentado y lo novelado
La versión que circula por todas partes es cinematográfica. Un campesino llamado Muhammad Alí al-Samman cava en busca de sabaj, un abono natural, al pie del acantilado de Yábal al-Tarif; encuentra una jarra sellada; duda entre abrirla por si contiene un genio o por si contiene oro; la rompe; se lleva los libros a casa; su madre quema parte de las hojas para encender el fuego; y todo ello ocurre en medio de una venganza de sangre familiar.
Esa narración no se recogió en 1945. La reconstruyó el investigador James M. Robinson tres décadas después, entrevistando en la zona. Y ahí empiezan los problemas, que no los señalo yo: los señalan los propios especialistas.
Mark Goodacre revisó las versiones publicadas y encontró relatos de dos personas (1977), de siete (1979) y de ocho (1981), con desacuerdo incluido sobre quién encontró la jarra. Los coptólogos Rodolphe Kasser y Martin Krause ya se habían distanciado del relato oficial. La introducción de la edición facsímil de la UNESCO avisaba de que sus responsables no daban por seguro nada más allá del núcleo de la historia: la zona aproximada y la fecha aproximada. La jarra, por cierto, ya no existe.
El primer testimonio es anterior y mucho más sobrio. El francés Jean Doresse llegó a la zona cinco años después de que los códices aparecieran en El Cairo, y lo que le contaron los vecinos fue que unos campesinos habían encontrado la jarra buscando estiércol en un antiguo cementerio, cerca de tumbas excavadas en la roca. Goodacre concluye que ese relato temprano es probablemente más fiable que las versiones posteriores, más detalladas y más vívidas, que son las que todo el mundo repite.
Nicola Denzey Lewis y Justine Ariel Blount fueron un paso más allá en un artículo del *Journal of Biblical Literature*. Recuperan un detalle que la mayoría de los relatos modernos omite: Muhammad Alí insistía en que la jarra estaba junto a un cadáver. Y proponen otra explicación para el conjunto. La hipótesis habitual dice que unos monjes pacomianos escondieron los libros «para la posteridad» tras la carta festal 39ª de Atanasio, del año 367, que fijaba qué libros debían leerse. Ellas sugieren que pudo tratarse de encargos privados de cristianos egipcios cultos, depositados después en tumbas como ajuar funerario, una costumbre bien atestiguada en Egipto durante siglos.
También hacen una observación incómoda y, creo, justa: el episodio de la madre quemando papiros repite un molde muy usado en la arqueología decimonónica, el del nativo que no sabe lo que tiene y al que hay que «rescatarle» sus antigüedades. La misma escena se cuenta de los monjes del Sinaí y el Códice Sinaítico, y de los manuscritos siríacos usados como tapadera de mantequeras.
Ninguna de estas objeciones toca los libros. Los libros están ahí, se pueden fechar y se pueden leer. Lo que no se sostiene es la escena.
Qué textos contiene
Los más conocidos son el Evangelio de Tomás, una colección de 114 dichos atribuidos a Jesús sin relato de pasión ni resurrección; el Evangelio de Felipe; el Apócrifo de Juan; el Evangelio de la Verdad; el Trueno, mente perfecta; y las Sentencias de Sexto. Hay también un fragmento de *La República* de Platón, lo que da una idea de que no estamos ante una colección homogénea.
Todos se compusieron originalmente en griego, en momentos distintos de los cuatro primeros siglos y en puntos distintos del Mediterráneo, y se tradujeron al copto probablemente en el siglo IV o poco antes. Ninguno de los códices contiene la primera copia copta de su texto: son copias de copias.
El caso del Evangelio de Tomás enseña bien para qué sirve un hallazgo así. Desde finales del siglo XIX se conocían tres papiros griegos de Oxirrinco (P.Oxy. 1, 654 y 655) con dichos de Jesús que nadie sabía a qué obra pertenecían. Cuando apareció el Tomás copto completo se pudo identificar la correspondencia, un trabajo que se atribuye a Henri-Charles Puech en 1952. Piezas sueltas que llevaban medio siglo sin encajar encontraron su sitio.
Qué prueba y qué no prueba
Prueba que en el Egipto rural del siglo IV había cristianos que leían, copiaban y encuadernaban textos muy distintos de los que acabaron formando el Nuevo Testamento, y que se tomaban ese trabajo en serio, con dinero y con oficio. Prueba que los llamados evangelios apócrifos no son una invención moderna ni un montaje editorial.
No prueba que esos textos sean tan antiguos como los evangelios canónicos, y mucho menos anteriores. Los libros son del siglo IV; los originales griegos, de fechas discutidas, y en el caso de Tomás sin acuerdo entre especialistas. Tampoco prueba que la Iglesia los «ocultara»: no se sabe quién los enterró ni por qué. La Coptic Encyclopedia llega a decir que ni siquiera está claro que deban llamarse «biblioteca».
Y no prueba nada sobre si lo que dicen es cierto. Que un texto sea antiguo no lo hace verdadero, y ese criterio vale igual para los canónicos y para estos. Confundir antigüedad con autoridad es el error más repetido en la divulgación sobre Nag Hammadi, en las dos direcciones: los hay que usan estos códices para desmontar el cristianismo y los hay que los descartan sin haberlos leído.
Lo que sí queda claro, y el propio Nuevo Testamento lo reconoce, es que en los primeros siglos se escribió mucho. Lucas abre su evangelio diciéndolo: «Habiendo muchos tentado á poner en orden la historia de las cosas que entre nosotros han sido ciertísimas» (Lucas 1:1, Reina-Valera 1909). Nag Hammadi nos permitió leer, por primera vez y en su propia voz, a algunos de esos «muchos».
Si te interesa cómo se decidió qué entraba y qué no, tengo una ficha sobre qué son los libros apócrifos y otra sobre cuántos libros tiene la Biblia. Para situar el copto entre las lenguas del texto bíblico está en qué idiomas se escribió la Biblia, y en manuscritos bíblicos reúno los testimonios materiales, como el rollo de Ein Gedi.
Para ampliar la información
- Stephen Emmel, «Nag Hammadi Library», The Coptic Encyclopedia (Claremont Colleges Digital Library).
- Mark Goodacre, «How Reliable is the Story of the Nag Hammadi Discovery?», Journal for the Study of the New Testament 35/4 (2013), pp. 303-322.
- Nicola Denzey Lewis y Justine Ariel Blount, «Rethinking the Origins of the Nag Hammadi Codices», Journal of Biblical Literature 133/2 (2014), pp. 399-419.
- The Sayings of Jesus in the Gospel of Thomas, Biblical Archaeology Society (inglés).






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